Discurso ante declaración del profesorado como Patrimonio Vivo Nacional

Discurso ante declaración del profesorado como Patrimonio Vivo Nacional

Por Orlando Voslensky

 

El pasado es algo muy presente en la vida. Cuando tratamos de respondernos sobre el hoy, sobre el ahora, sobre nuestro acontecer, debemos irremediablemente echar mano de nuestro pasado. Esto funciona hacia dentro y hacia afuera, es decir, en el plano personal y en el colectivo. Cuando una nación, un pueblo se hace sus preguntas fundamentales, debe recurrir a su pasado, a su historia, lo mismo que la persona sola.

El patrimonio es entonces algo que existe, que nos ha sido heredado, y está ahí para ayudarnos a respondernos sobre el hoy. Lo que suele ocurrir, sin embargo, es que la imagen que nos ofrece un edificio antiguo, o una vieja fotografía de gentes y lugares ya idos, dista mucho de la fachada de los edificios modernos, del paisaje de hoy día, de la fachada personal actual. El tiempo pasa y se encarga de evidenciárnoslo como un susurro que requiere silencio para ser escuchado; silencio incómodo muchas veces, pero necesario a final de cuentas… El que hace oídos sordos a su historia está condenado a caminar a ciegas y a tropezar sin avanzar. Y precisamente a esto creo que nos llama el dìa del patrimonio, a parar la oreja ante lo que el pasado nos susurra. Aunque sea por hoy: a acallar un rato el celular, a apagar un rato algunas luces, a escuchar lo que los muertos nos quieren decir.

Se me pidió que elaborara un discurso sobre el profesor de todos los tiempos, un discurso humano. No me gustaría hacerlo entorno a mitificar o ensalzar la labor de la docencia de escuela, sencillamente porque me parece que la labor de los profesores de escuela habla por sí sola y es una de las más nobles que puede haber en cuanto a nivel de entrega a los demás. Lo que sí me gustaría, en concordancia a escuchar la voz de los muertos, o la voz del pasado, es aprovechar la ocasión para poner sobre la mesa lo que, en la humilde opinión de un estudiante y profesor en formación, son trabas importantes que han surgido a través de los años y que han servido para manchar y entorpecer la noble labor que refiero.

Iré al grano. La formación, en su arista humana, es un aspecto que poco a poco se ha ido dejando atrás en la educación, sobre todo en el ámbito de la educación superior. Repito: hablo como estudiante y profesor en formación, y lo que veo es que hay una especie de cadena o rueda viciosa en la enseñanza de la pedagogía y en la práctica pedagógica, entre el estudiante de pedagogía y el pedagogo; y esta cadena o rueda gira en torno al aspecto de la formación. En las universidades (al menos en las de este país) solo importan las cifras y los números, la formación ha pasado con suerte a segundo plano. La virtud y la sabiduría han sido olvidadas del plano formativo de los estudiantes; y, cómo será de cierto, que incluso suenan hoy a un cuento de abuelas o tatarabuelas.

Desde mi experiencia de diez años en el ámbito de la educación superior, y visto desde una mirada de conjunto -porque siempre hay excepciones- al profesor universitario no parece interesarle el aspecto formativo de sus alumnos. Al profesor universitario (“formador de docentes de escuela”) le interesa más que nada las cifras, lo medible. Pero no la formación. Le interesa ser un erudito en su materia y jactarse de pasarla de manera perfecta para recibir reconocimientos por ello. Pero no la formación. Le interesan los papers, las investigaciones, los apogtemas: su prestigio de gran dominador de conocimientos… Eso parece ser calidad, eso parece ser excelencia…

El profesor universitario parece asumir que el estudiante que hoy entra a la universidad es una persona ya formada; pero se equivoca. Las personas que hoy entran a la universidad son alumnos de profesores de escuela con sueldos y condiciones laborales mediocres (y hablando de patrimonio, qué patrimonio más triste es ese), alumnos de profesores cuya vocación ha sido aplastada por la no valoración de aquel noble oficio. Estas personas entran a la universidad buscando un titulo para cambiar un poco la triste realidad de donde provienen y muchas veces son víctimas de la frialdad del profesor universitario. Ocurre con esto la repetición de la enseñanza no-formativa; muchas veces alumnos de colegios con profesores mal pagados (que por supuesto les preocupa más llegar a fin de mes que otra cosa), llegan a ser alumnos de universidad con profesores que en realidad son meros pasadores de materia, y muchas veces estos alumnos se convierten en esos profesores, ya sea en los de escuela mal pagados, o en los de universidad que, si bien tienen mejores sueldos, tampoco están muy interesados en formar.

Así pues, no basta con el conocimiento, con el mero saber; lo que los alumnos buscan con urgencia es el sentido de ese saber, de ese conocimiento; buscan alguien que les ayude a encaminarse hacia algún sentido; buscan motivación frente a tanta desmotivación. Hacen falta profesores, tanto en las escuelas como en las universidades, interesados de manera genuina en la educación, en la formación… en la virtud, en el sentido. Hacen falta mejores salarios, por qué no decirlo. Hacen falta más profesores excepcionales, aquellos que pertenecen a la excepción. Hacen falta que esas viejas fotos de profesores de los años treinta o de quizá qué fecha, donde salen codo a codo sentados y riendo junto a sus alumnos como si fueran un alumno más, vuelvan a la vida y a transitar por este mundo que tanto de menos los echa.

El mejor profesor es aquel que el alumno nunca olvida. Todos tenemos uno. Callémonos un rato, cerremos los ojos y rememoremos a ese profesor que conservamos fresco en la retina. Callémonos un rato y veamos qué de ese profesor es lo que nos hace sonreír a la hora de recordarlo. Qué de ese profesor queremos que no se extinga.

El hombre a dado vuelta la espalda al espíritu, y con ello se han perdido muchos de aquellos valores originarios que, valga la cacofonía, algo de valor tenían. Pero aún podemos volver el rostro a aquello que como sociedad hemos dejado de mirar, aún podemos traer al presente algo de ese pasado que nos hace sonreír al rememorarlo con ojos cerrados. Traigamos lo bueno de nuestro pasado como profesores, como alumnos, o como sea a nuestro presente. Que el patrimonio no sean edificios viejos y cosas que acumulan polvo. Que el patrimonio tenga sentido y que sea vivo.

Gracias.

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